top of page
Buscar

Staccato en tiempos de sobreestimulación

Sobrecargados de estímulos, hambrientos de expresión

Debemos conocer nuestro impulso. Habitar nuestro propio latido, y eso no es tarea fácil. Vivimos en una sociedad que nos enseña a silenciar nuestros impulsos, a moldearlos para que encajen dentro del molde social. Mostrar, expresar, comunicar nuestros límites, decisiones, deseos, sueños o emociones suele venir acompañado de un escáner mental que, en cuestión de segundos, cataloga aquello que sentimos: ¿es aceptable o debería ser silenciado? ¿Puedo mostrarlo o es mejor esconderlo?

En ese escaneo filtramos gran parte de nuestros impulsos. Y muchas veces elegimos tragarlos, enterrarlos, silenciarlos y dejarlos en la sombra de nuestro ser.


Sin embargo, hay una paradoja fascinante.

El mundo en el que vivimos está diseñado para provocarnos impulsos constantemente. Gran parte de la información que recibimos nace desde el marketing y tiene como objetivo despertar necesidades, generar acciones, captar nuestra atención. Mejor aún, si esa acción implica comprar algo, suscribirse a algo o permanecer más tiempo mirando. Vivimos rodeados de estímulos que intentan dirigir nuestros impulsos hacia fuera mientras, al mismo tiempo, aprendemos a desconfiar de los que nacen dentro.

Y así nuestro cerebro, saturado por semejante cantidad de información, ha desarrollado una especie de modo silencio. No porque los impulsos desaparezcan, sino porque son demasiados. Demasiadas imágenes. Demasiadas opiniones. Demasiadas demandas. Demasiadas posibilidades. Vamos acumulando impulsos no expresados, sobrecargando el sistema nervioso, acelerando nuestros pensamientos y llenando de ruido nuestro inconsciente.


Pero los impulsos, a mi entender, tan solo, buscan expresión.

Y no, no quiero decir que debamos seguir cada impulso que aparece… imagina el caos… jajajaja. No se trata de reaccionar a todo. Se trata de escuchar. De reconocer que aquello que sentimos está ahí. De darle algún lugar donde existir. A veces esa expresión puede ser escribir al final del día. Otras veces danzar, pintar, caminar, cantar, llorar o simplemente nombrar aquello que sentimos.


Porque la energía que no dejamos fluir termina estancándose.


Nuestra naturaleza es cambiante. Es fluida. Está en movimiento constante. Y nuestros impulsos también.


Para mí, la danza y el mapa de los 5Ritmos han sido, y continúan siendo, uno de los lugares más honestos donde dar voz a todo ese chorro de impulsos. Un espacio donde ser. Donde convertirlos en gesto, en movimiento en historia danzada.  Una expresión efímera, sí. Pero presente. Acompañada.


Y cuando pienso en todo esto, inevitablemente pienso en Staccato.

Porque todo esto es Staccato. Es habitar el pulso. Es atrevernos a ocupar espacio. Es dejar que aquello que vive dentro encuentre una dirección, una forma y una voz. Cuántas veces escucho: “Nooo, a mí no me gusta el Staccato”. Y cuántas veces observo en la pista que, cuando desaparece el beat, cuando no hay una estructura tan clara sosteniéndonos, nos cuesta encontrar vocabulario con el cuerpo. Nos cuesta expresar. Nos cuesta confiar en que ya tenemos algo que decir.


Y al mismo tiempo veo otra cosa.

Veo cuánto anhelamos vaciarnos. Cuánto anhelamos dar salida a un sistema saturado de inputs, de información, de velocidad. Veo cuánto anhelamos dejar de contener. Porque vivimos recibiendo. Recibiendo imágenes, mensajes, opiniones, estímulos…Y cada vez tenemos menos espacios para digerir, transformar y expresar todo aquello que entra.


Quizás por eso la danza sigue siendo, para mí, un acto de escucha y también de liberación.

Una forma de decirle al cuerpo: habla, expresa, permite.


Y pensando en esta inmensa avalancha de imágenes, información, anuncios y estímulos que nos rodea, de la cual, de algún modo y en pequeña escala, también me siento partícipe a través de mis publicaciones, mails, blog, me doy cuenta de algo cada vez más evidente: Cada vez tengo menos tolerancia a las redes sociales. Cada vez paso menos tiempo en ellas. Me abruma permanecer allí demasiado tiempo. Recuerdo que antes me inspiraba navegar por Instagram. Me gustaba descubrir personas, leer reflexiones, detenerme en una imagen o en una historia.


Ahora me abruma la velocidad que todo está tomando. Entre tanto, tanto, tanto de todo, cada vez vemos menos. La atención se encoge. Se fragmenta. Se dispersa. Quizás es un momento en mi vida, pero veo el cambio, veo y siento mi necesidad de silencio, y al mismo tiempo de entrar y utilizarlo como mi mayor canal de difusión…. paradoja, dualidad, como en el beat, sonido, silencio, como en el staccato… una danza, un ritmo, un pedazo de la Ola. 


Hace poco realicé un vídeo junto a varias danzantes habituales de mis clases, con Maya detrás de la cámara. Fueron semanas de organización: coordinar la sala, encontrar fechas comunes, preparar vestuario, elegir música, grabar, editar, corregir, volver a editar. El resultado fue precioso. Y aunque tuvo una acogida maravillosa en redes, encontré un dato escondido entre las estadísticas que me dejó pensando. La mitad de las personas abandonaban el vídeo a los diez segundos.


Diez segundos.


El vídeo dura cincuenta y ocho. Ni siquiera un minuto. Y, sin embargo, a los diez segundos ya estamos cansados. Queremos novedad, movimiento, pasar a lo siguiente. 


Y me pregunto qué ocurre cuando esa velocidad externa se convierte también en nuestra velocidad interna. ¿Qué pasa cuando dejamos de sostener la atención el tiempo suficiente para escuchar un impulso, una emoción o una intuición antes de saltar al siguiente estímulo? ¿Qué ocurre cuando nos acostumbramos tanto a consumir que olvidamos expresar?


Quizás una de las formas más profundas de resistencia en estos tiempos sea precisamente esa.

Quedarnos un poco más.

Escuchar un poco más.

Sentir un poco más.

Danzar un poco más.

Dar espacio a aquello que, dentro de nosotros, sigue intentando salir y expresarse.


Porque tal vez el impulso no necesita ser obedecido. Pero sí necesita ser escuchado.


Y, de vez en cuando, quizás lo único que necesita es que le des al play a un temazo, a una canción, y así le digas de nuevo SÍ a tu danza.


·g·


 
 
 

Comentarios


bottom of page